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Protesta pacífica versus protesta violenta

 Por: Catalina Ruiz-Navarro

5 may 2021 - 10:00 p. m.

En los últimos días escuché que alguien comparaba los “actos vandálicos” de las protestas contra la reforma tributaria con un “berrinche del hijo contra sus padres”. El símil es diciente de lo que muchas personas piensan de la protesta social: el Estado es “el padre” y los y las protestantes son “menores de edad” que exageran con sus métodos para “llamar la atención”. Si tan solo hicieran sus exigencias de una forma “madura” y “razonable”, “sin gritar”, todo sería más fácil porque se ganarían el respeto del padre que premiará sus “buenos modales”, tratándolos como iguales. Pero protestar por la garantía de los derechos humanos no es “hacer un berrinche”, es la única opción, pues lo que espera detrás del hambre, la enfermedad y la pobreza es la muerte. No hay un “padre benévolo que quiere lo mejor para nosotros”, hay una concentración desigual de poder en ciertos grupos que quieren acaparar más poder al explotar al resto. Y a veces, cuando esa explotación alcanza niveles inhumanos, las personas salen a expresar su rabia y descontento en las calles.

“¿Qué tiene que suceder para que se dé un cambio político si se reclama pacíficamente?”, pregunta un carrusel de Instagram (atribuido a @whatradicalizedyou, @literally.noam.chomsky, @socialstudies4socialjustice). La pregunta se refiere a que en el imaginario popular basta con que la protesta “pacífica” sea vista para motivar el cambio. Pero ningún gobierno corrupto y autoritario ha dicho jamás: “¡Qué bello poema, frenaremos las ejecuciones extrajudiciales!”. Y no es que los poemas no sean necesarios y eficientes, porque lo son. Las manifestaciones artísticas tienen un papel indispensable en el abanico de estrategias para el cambio social, entre las que también se cuenta la acción directa (romper vidrios y rayar paredes en las protestas).

Algunas manifestaciones culturales, como imágenes o canciones, servirán para que más personas entiendan y empaticen con la protesta, o para que los protestantes se sientan vistos y representados. La acción directa (que también es una manifestación cultural) sirve para incomodar, para hacer la protesta ineludible y para evidenciar que el Estado les da más valor a piedras, vidrios y pedazos de metal que llaman “propiedad” pública y privada, que a las vidas de las personas.

El carrusel plantea una secuencia más realista de cómo ocurre el cambio social: “1) La gente protesta pacíficamente (de una manera que el Gobierno no puede ignorar). 2) Los protestantes pacíficos son violentados injustamente por las fuerzas represivas del Gobierno en lugares públicos. 3) La población general ve esta violencia, se indigna y se pone del lado de los y las protestantes”. Es una secuencia que explica claramente lo que está pasando hoy en Colombia. El carrusel continúa: “El cambio político siempre ha sucedido y sucederá a través de la violencia. La pregunta real es a quién se le inflige esa violencia. Lo que lxs privilegiadxs no ven es que al apoyar solamente la ‘resistencia pacífica’ no están deseando que no haya violencia: están pidiendo que salgamos a exponernos a esa violencia, sin responder, para ganar su simpatía. Esto era lo que pasaba, por ejemplo, en las icónicas protestas ‘pacíficas’ de Gandhi, que eran huelgas de hambre, es decir, violentas contra los mismos protestantes. Cuando alguien dice: ‘Yo solo apoyo las protestas pacíficas’, lo que en realidad quiere decir es: ‘Yo solo apoyo protestas en las cuales los manifestantes permiten ser públicamente brutalizados en esperanzas de que su sufrimiento provoque lástima entre las masas’. Es eso o probablemente solo están buscando una manifestación vacía de cualquier potencial real de cambio. En otras palabras, apoyan el derecho a protestar del pueblo, siempre y cuando sea una protesta ineficaz”.

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