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Soy porque somos

 

Beatriz Vanegas Athías 


Cuando esta columna salga, es decir, hoy martes 31 de mayo, es posible que Gustavo Francisco Petro Urrego y Francia Helena Márquez Mina sean el nuevo presidente y la nueva vicepresidenta de Colombia. Al menos, es mi deseo, es mi sueño y como dice el proverbio árabe: “Donde hay un sueño, hay un camino”.

He aprendido con el paso de los días, que uno tras otro son la vida (como canta el poeta Aurelio Arturo), el difícil arte de admirar en un país en el que desde niñas nos enseñan a competir y a guardar silencio mientras el otro (o la otra) habla; y cuando de responder se trata, no se hace para valorar lo oído, sino para contrarrestarlo sin argumentos porque en verdad no interesa que lo dicho por el interlocutor sea loable: lo que interesa es imponer mis propias (aunque absurdas) posiciones.

Castrados para admirar y educados para envidiar no se tolera la grandeza, a cambio se acoge lo establecido, lo manido, lo mediocre. Es decir, para este contexto político que nos tiene febriles, lo establecido es que los mismos y las mismas sigan explotando y esclavizando a millones de colombianos a través de la profundización del odio entre compatriotas para beneficio propio. Pero como bien analizó la escritora Carolina Sanín, ni siquiera quienes han usufructuado los privilegios viven bien porque: ¿cómo vivir bien si a mi alrededor el hambre, la miseria, el desempleo y las injusticias crecen como la hiedra? Y aquí recuerdo una imagen que leí en Memoria del fuego de Eduardo Galeano sobre cómo los multimillonarios no podían siquiera salir de sus mansiones porque la delincuencia se había tomado las calles y tuvieron que construir rejas alrededor de sus viviendas para estar seguros. Presos con sus millones y con sus lujos. Y ni así estaban seguros.

Hubo un tiempo en el que viví en Sincelejo y presencié cómo los dueños de la tierra (auspiciadores del paramilitarismo y de los clanes políticos corrompidos) se encerraban en sus barrios con nombres de países europeos e ingleses: Venecia, Ford, mientras miles de miles de campesinos atestaban los alrededores en invasiones llamados eufemísticamente asentamientos humanos.

Ahora Francia Helena Márquez Mina y Gustavo Francisco Petro Urrego nos proponen ser, siempre que mi vecino, mi barrio, mi vereda, mi pueblo, mi municipio, mi departamento, mi país, también pueda ser. Es decir, nos proponen una política de la vida sabrosa colectiva, no sabrosa para unos pocos. Nos proponen que el saber es un capital y que, como tal, puede mover las industrias en un país desindustrializado porque el campesino que producía ya no tiene tierras y en la ciudad no se pueden fundar nuevas fábricas porque el capital es sólo para la gran empresa. Y los admiro por ponernos a hablar de vivir sabroso y no de vivir en guerra; de política del amor y no de ñeñepolítica. Me han devuelto la admiración por los discursos políticos. Ojalá no desaprovechemos esta oportunidad de salir de los horribles días.

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