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Breve respuesta al profesor Moisés Wasserman

 8 jul 2022 - 11:31 a. m.

Por; Arturo Escobar*

Escribo esta breve nota con respeto con el profesor Wasserman como científico, pero con profundo desacuerdo con su visión vetusta de la ciencia, de la cual surge una lectura parcial y amañada del documento borrador del Pacto Histórico sobre su política para la ciencia y la tecnología.

Para comenzar, el profesor Wasserman no reporta que el documento que critica recomienda apoyarse en la Misión de Sabios (de la cual el mismo profesor Wasserman ha sido miembro), fortalecer el sistema de investigación existente y su red de universidades, apoyar la construcción de economías productivas para el bienestar, y buscar las mejores condiciones para la sustentabilidad ambiental y las transiciones alimentaria y energética, entre muchas otras metas de amplia aceptación frente a la actual crisis.

Le molesta al profesor que se mencione catorce veces “vivir sabroso”, pero no anota que “innovación”, concepto central a la ciencia contemporánea, tiene diecinueve menciones. Cabe preguntarse ¿innovación para qué? La ciencia contemporánea ya no se hace esta pregunta. Se asume que toda innovación es para el “progreso”, medido en términos materiales, de consumo y crecimiento ilimitado. Esta noción economicista y competitiva de la ciencia y la tecnología, cuestionada por el documento, está acabando con el planeta.

El veredicto sobre la “ciencia universal” (así es, la hegemónica) y las sociedades que ha cimentado ya ha sido expresado muchas veces. El filósofo Walter Benjamin lo anunció frente al avance del nazismo: “No existe un documento de la civilización que no sea a la vez un documento de barbarie”. Para Michel Foucault, el nacionalsocialismo no fue una aberración temporal de la civilización occidental, sino el resultado de su racionalidad calculadora. La cosmovisión moderna, fundamentada en la racionalidad científica post-renacentista, ha sido integral a la Conquista, el colonialismo, la trata esclavista y, hoy en día, el terricidio, así como una causante del descontento con la vida que siente la juventud hoy en día, propiciado por las monoculturas digitales y las economías sin futuro para la mayoría. Ya no hay forma de ocultar esta realidad apelando a sus múltiples e impresionantes realizaciones. ¡Basta de celebrar los grandes avances de la ciencia sin señalar la responsabilidad que tiene por sus innumerables aplicaciones destructivas! Se impone una transición paulatina hacia otros modos de vida, donde los humanos puedan de nuevo coexistir de forma mutuamente enriquecedora entre ellos y con la Tierra. El Buen Vivir y el Vivir Sabroso son expresiones de esta idea, y ya cuentan con cierta trayectoria académica y política. 

La ciencia y la tecnología deberán tener un papel central en las transiciones, pero no pueden seguir dependiendo de las epistemologías del S. XVII y las glorias del XX. Es por esto que la gran mayoría de soluciones propuestas al cambio climático desde la ciencia y los gobiernos se han convertido a todas luces en parte del problema. El Pacto Histórico propone construir una ciencia y tecnología para el S. XXI, que subordine la ciencia, la tecnología y la economía a la defensa de la vida y al Buen Vivir de todxs y no a la acumulación, como siempre ha sido.

Es necesario situar las propuestas del Pacto Histórico en su contexto histórico y filosófico más amplio para darnos cuenta de lo que realmente está en juego. Estamos asistiendo a un amplio proceso de desafíos civilizatorios que buscan ir más allá de la dominancia del modelo occidental, sin desconocer sus logros más importantes, pero reorientándolos al servicio de la vida y de la Tierra y con prioridad para los grupos que más han sufrido las consecuencias del modelo: lxs nadies. Esto no ocurre solamente en Colombia, es una condición planetaria. A nivel de los gobiernos, Colombia está tomando el liderazgo. Leemos, al inicio del Programa de Gobierno 2022-2026, Colombia. Potencia Mundial de la Vida, que el programa “está concebido como el inicio de una transición, que en lo inmediato hará posible la vida digna, la superación de la violencia y la justicia social y climática, al tiempo que se consolidan las condiciones permanentes para una paz grande que le permita a toda la sociedad colombiana una segunda oportunidad sobre la tierra” (p. 6, mi énfasis).

Atrevámonos a pensar que el Programa del Pacto Histórico es un portal hacia las transiciones socioecológicas imaginadas por tantos movimientos sociales e intelectuales hoy en día. Nada más y nada menos que el venerado maestro budista Thich Nath Hanh nos invita a meditar activamente sobre el final del proyecto civilizatorio de Occidente: “Nuestra civilización tendrá que terminar un día. Pero tenemos un papel importante que desempeñar en la determinación de cuándo termina y con qué rapidez. … Al inhalar, sé que esta civilización va a morir. Al exhalar, esta civilización no puede escapar de la muerte”. Es necesario pensar sobre las transiciones en este horizonte histórico para evitar las interpretaciones estrechas que con frecuencia se hacen desde la ciencia y la economía convencionales, que nos atrapan en lecturas reduccionistas del Programa y, por tanto, perpetúan el insustentable horror del actual estado de cosas.

La dificultad de hablar de tal horizonte de cambio radica en que la historia está cargada en contra de todo lo alternativo y diferente. Es mucho más fácil repetir la historia conocida –a partir de la noción Occidental normativa del humano como naturalmente secular, liberal, racional, individualista y competitivo, blanco-masculino y separado de la naturaleza– que expresar una idea genuinamente novedosa. ¿Por qué? Porque esta forma dominante de ver el mundo descansa en varios cientos de años de la llamada modernidad. Es a partir de esta historia que los poderosos imperializan sus deseos y designios, los cuales son considerados como “la verdad” de las cosas. Ir a contracorriente de esta historia es extremadamente difícil, pues ella nos presta las categorías con las cuales pensamos, sentimos, y vivimos. Otras Colombias son posibles, pero para esto es necesaria una reorientación sustancial de la ciencia y la tecnología y la participación de aquellos conocimientos y los saberes de los pueblos sistemáticamente descalificados por la ciencia (justicia epistémica), además de la invención de nuevos conocimientos que aún no imaginamos. Lo que está en juego, en última instancia, es una necesaria reinvención de lo humano y del significado de la vida.

Una breve nota de pie de página: A comienzos de la década de los 80, siendo estudiante de doctorado en la Universidad de California en Berkeley, asistí a uno de los seminarios del gran filósofo de la ciencia Paul Feyerabend, uno de los maestros más populares en el Berkeley de la época, y blanco de la columna del profesor Wasserman. Entre tantas otras cosas, enseñaba que no hay una metodología universalmente válida y que, por tanto, la ciencia tiene que regirse por una epistemología abierta. Para Feyerabend, la ciencia moderna no es superior a otras y el método racionalista no es el único posible; por tanto, no podemos seguir despreciando las otras formas del saber. Muchos lo consideraron un enemigo de la ciencia, pero la lección de su filosofía es que la ciencia tiene que ser profundamente pluralista. ¿Cómo deberá ser la ciencia en una sociedad libre? Es la pregunta que nos dejara este filósofo, y que ahora pareciera retomar el Pacto Histórico.

* Investigador-activista caleño. Fue profesor de antropología y ecología política en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill hasta el 2018, y actualmente está vinculado con los programas de doctorado en Ciencias Ambientales (Universidad del Valle, Cali) y en Diseño y Creación (Universidad de Caldas, Manizales).

Fuente: El Espectador: Breve respuesta al profesor Moisés Wasserman | EL ESPECTADOR

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